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Crónica 1: Los Orishas, una herencia sagrada no se abandona

Orishas herencia sagrada

Crónicas del siglo XXI

Cuentan que en sus orígenes los Orishas fueron seres vivos, y después de muertos se les dio título de santo por la vida que supieron llevar en la tierra. ¿Mito o realidad?, lo cierto es que desde hace mucho tiempo han acompañado a hombres y mujeres, protegiéndolos de todo mal y otorgando, según la fe de cada cual, bienes espirituales y materiales.

Este vínculo con los humanos ha generado un sinfín de anécdotas fantásticas, dignas de ser contadas porque, los milagros y maldiciones que acompañan tamañas experiencias, al igual que las fábulas, encierran una enseñanza de vida útil.

Estas son algunas historias cotidianas que entrelazan ambos mundos, aquí están las crónicas Orishas del siglo XXI.

Los Orishas protegen el camino de quienes los cuidan y respetan

Cuando la madre de Raquel murió, la joven de veintitrés años no quiso aceptar esa realidad, aunque sabía que la muerte sería el final irremediable tras una prolongada enfermedad, siempre tuvo la esperanza de tenerla un día más para disfrutar de esa mujer a quien consideraba el gran amor de su vida. Por eso, desde el mismo instante en que salió del cementerio, se dedicó a llorarla y maldecir todo cuanto le hacía recordar su pérdida.

Se alejó de la familia, también de los vecinos, incluso bloqueó todas sus redes sociales intentando hacerse invisible, pero el dolor seguía enterrado en el alma como raíz profunda.

Angustiada hasta el infinito, tomó una drástica decisión:

__ ¿Estás loca? __, dijo Juan Luis, el único amigo que ni a regañadientes la dejaba sola, pero la decisión no tenía marcha atrás.

En menos de una semana, y sin ningún remordimiento, se llevó a cabo la permuta, no fue hasta pasada la medianoche, en la soledad de su nueva morada, cuando resignada comprendió que el pequeño cuarto por el que había cambiado la casa donde siempre vivió, no tenía suficiente espacio para tantos muebles:

__ De todas formas me la recordaban…__, pensaba aliviada mientras los repartía a todo el que pasaba a saludar a la nueva vecina, solo quedaba un detalle: __ El cajón de los Orishas…__

Aunque siempre respetó las costumbres de la madre, nunca fue precisamente amante de la religión Yoruba, y menos cuando, según ella, no fueron capaces de protegerla contra el cáncer.

Pero un mueble cargado de guerreros invisibles ni resulta atractivo ni consigue comprador, entonces, ¿qué hacer?

__ El cuartico de la despensa. __, menuda forma de nombrar a un cuartucho de madera podrida y sin techo, ocupando espacio en el patio trasero.

Los días fueron pasando, y mientras el cajón de los Orishas vivía bajo el sol, la lluvia y el sereno en aquel apartado lugar, la joven sufría una depresión incontrolable hasta el punto de enfermar. No comía, apenas podía dormir, y lo peor, el recuerdo de la madre seguía su paso perturbador, atacando a la conciencia que no dejaba de culparla.

__ Pude haber hecho más por ella…__, se decía atrapada entre el insomnio y las interminables noches. Precisamente, en una de esas madrugadas comenzó a escuchar extraños ruidos salidos del cuartico.

__ Pero ahí no vive nadie, solo…__ La idea pasó repentinamente, trayendo la imagen de la madre atendiendo el cajón sagrado.

__ «Cuida a tus ancestros y ellos cuidarán de ti”. __

Los ruidos no cesaron, al contrario, eran más intensos y persistentes, aumentando su ansiedad a la par de las fiebres, llevándola a un estado de alucinación tal que no solo se veía compartiendo feliz con su amada progenitora, sino absorbiendo las enseñanzas religiosas olvidadas en el subconsciente:

__ «Cuida a tus ancestros y ellos cuidarán de ti…»__

Nuevamente, la frase en la maternal voz antes de perder el conocimiento.

La luz del sol la hizo despertar, las ventanas del cuarto abiertas todas, entonces lo vio venir hacia ella, era Juan Luis trayendo un tazón lleno de caldo. Poco a poco, el joven se lo hizo beber, las fiebres habían cedido, pero en su recuerdo estaba claro el extraño suceso:

__ Pero en ese cuarto no hay nadie. __, dijo el joven intentando calmarla sin resultado, solo cuando prometió quedarse para descubrir la causa de aquel fenómeno, consiguió hacerla dormir.

En la noche, los ruidos en el cuartucho se hicieron presentes, asombrado, Juan Luis se acercó para atrapar al intruso, abrió bruscamente la destartalada puerta y…

La impaciencia no dejó a Raquel esperar en la casa, salió al patio y encontrando al joven con el malhechor en sus manos, sonrió aliviada. Era una jutía, en reacción instintiva, el pequeño animal consiguió escabullirse de Juan Luis corriendo hasta treparse al algarrobo que adornaba el patio.

Resuelto el misterio, Raquel leyó entre líneas el místico mensaje, se acercó a Juan y le hizo un pedido:

__ Por favor, ¿podrías traer el cajón de los Orishas a casa? __. Sabía qué debía hacer y ese era el primer paso.

En cuanto el día aclaró, buscó todo lo necesario para darle una nueva bienvenida a los ancestros. El tiempo la vio haciéndose más fuerte y saludable, a su lado Juan Luis, ahora algo más que un amigo, y en la distancia, el recuerdo de la madre, ya sin angustia ni pesar, contemplando el porvenir de su hija plenamente feliz.

«Los Orishas protegen el camino de quienes los cuidan y respetan»

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