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Crónica 4: La leyenda del herrero asesino, el hijo de Oggún

leyenda herrero asesino

«Cuidado con los hijos de Oggún, que están hechos para la guerra.»

La historia de Bernardo era bien conocida en el poblado» Tres Cruces», al punto de ser el hilo conductor en todos los negocios que vivían de él, pues año tras año, miles de turistas acudían para conocer La leyenda del herrero asesino.

Hasta el presente, había tantas versiones como gotas de agua en el mar, todo para agrandar el mito y convocar más visitantes a quienes sacarle dinero.

Por aquellos días, Leonardo apenas si era un aprendiz de periodista en busca de un artículo de puntería que le otorgara el único boleto disponible para entrar a las filas del gran «Periódico Nacional» y consolidarse en el mundo de las letras.

Tarea difícil pues, como él, otros diez aspirantes también competían por la misma plaza. A solo una semana para entregar el trabajo, y completamente bloqueado, decidió aceptar la invitación de su amigo Gerardo, dueño de una taberna en el mencionado pueblo.

__ «La bebida gratis y el sexo seguro no te faltarán.»__

Resignado a la derrota, dejó pasar los días entre tragos y extranjeras coquetas, como la de esa noche particular:

__«Quien me traiga el machete del herrero asesino, se viene conmigo una semana entera… completamente gratis.»__ Fanático a los retos, ni lo pensó dos veces cuando aquella rubia de acento francés lanzó el desafío. No era el único interesado, pero se sabía el más inteligente, mientras el resto de la manada de pretendientes se lanzaba a la cacería en sus vehículos modernos, él lo hacía en el caballo del amigo, pues sabido era que el museo estaba a las afueras del pueblo, en una propiedad antes considerada la finca más poderosa del país, hoy, un lugar fantasma, lleno de objetos que acrecentaban la leyenda, y como parte de su atractivo era mantenerla intacta, la carretera construida años después le daba a Leonardo casi una hora de ventaja, siempre que siguiera el camino tradicional, solo transitable para caballos y carretas.

El lugar era extenso y la casa parecía una mansión. A pesar de la noche estaba bien iluminada, no se veía a nadie en los alrededores.

Impulsado por la tentadora oferta y el alcohol de más, Leonardo entró a la vivienda pasando de una habitación a otra en busca del preciado trofeo hasta que, dentro de una vidriera muy alumbrada, lo vio. Era un machete común y corriente, pero significaba una semana más de buena vida y enajenación total porque, para él, el sueño de ser periodista ya era historia vieja. La única incógnita sería cómo sacarlo de ahí.

__ ¿Por qué no rompes el vidrio? __

Aquella voz lo hizo saltar del susto, y más al ver un señor vestido con chaleco y pantalón púrpura, sin zapatos y con un trozo de carne en la mano.

__ ¿Quieres?, es jutía ahumá, lo más rico del mundo. __

Leonardo tenía un nudo en la garganta, pero aquel sujeto, viejo, aunque de complexión atlética, no paraba de hablar.

__ Rompe el vidrio muchacho, no vas a ser el primero, total, ni ese es el machete del herrero, ni la leyenda es verdadera ni un cará...__, seguía diciendo sin dejar de comer, __… la verdadera me la sé yo, pero nadie me escucha. ¿Quieres que te la cuente?, si me das un tabaco te la cuento completica. Tengo unas ganas de fumar…__

Precisamente, entre los vicios nuevos de Leonardo estaba la nicotina. Aún asustado, le extendió un tabaco y encendió una cerilla. El viejo aspiró el humo con sumo placer.

__ Qué rico, hacía tanto tiempo ya que no saboreaba un puro…__, hizo una pequeñísima pausa y siguió, __ «El herrero asesino», tremendo nombre pa’ un hombre tranquilo. Aquí todos dicen que Bernardo tenía la mujer más linda de Tres Cruces, y el hijo del patrón se encaprichó con ella y se la llevó, entonces mandó a matar a Bernardo pa’ asegurarse de que no vendría por ella, pero Bernardo, antes de morir, le pidió a Oggún justicia, Oggún le entregó la vida de vuelta y también su machete. Bernardo llegó a la finca y le cortó la cabeza a tó el mundo, después se llevó a su mujer y más nunca lo volvieron a ver...__, volvió a aspirar una bocanada grande de humo y enojado gritó: __ ¡Mentira, no fue así!… escucha la historia que te la voy a contar. __, y empezó a contar:

A mediados del siglo XIX, Tres Cruces era solo una extensa plantación de caña trabajada por los esclavos africanos, entre ellos Bernardo, quien tenía a su cargo la herrería de la finca. Con mucho sacrificio consiguió pagar su libertad, pero decidió quedarse, pues lo único que conocía era aquello.

En uno de los lotes de esclavos, traídos para reforzar la zafra, llegó una hermosa joven, Bernardo quedó prendido de ella. Cuando el amor entre ambos era una realidad, el joven herrero fue a hablar con el amo:

__ Esta bolsa de monedas es por la libertad de Clarisa. __

Así quedó pactado, también, el permiso para levantar un bohío cerca de la herrería.

En la tranquilidad de la noche, el mayoral y sus hombres irrumpieron donde la pareja, sacaron a Bernardo fuera mientras el mozuelo heredero forzaba a la muchacha. Los gritos de la mujer inundaron de energía al herrero que, con una fuerza descomunal, se soltó de sus agresores y, usando las herramientas de la herrería, así los ultimó a todos.

__ A uno le rajó la cabeza con el martillo, a otro se la escachó contra el yunque, a otro más lo tasajeó de arriba abajo con el cuchillo, y al último… pobre infeliz, lo ahogó con la Achabba* (cadena con 21 piezas). Solo faltaba el hijo del amo. __. El viejo masticó el tabaco, expulsó el humo, le dio una mordida a la carne y continuó el relato.

__ Al hijo del amo lo sacó a patadas antes que pudiera manchar a la muchacha, agarró el machete y le cortó la cabeza. A la mañana siguiente el amo la encontró colgada en una estaca. Ni rastro de Bernardo y su mujer, y aunque contrató a los mejores rancheadores, jamás dieron con el herrero asesino. Tiempo después, dicen que se le vio con los mambises, y era una fiera cargando al machete, no digo yo… hijo de Oggún tenía que ser…__

El sonido de los autos distrajo momentáneamente la atención de Leonardo, cuando el grupo entró y volvió a mirar, ya el viejo no estaba. Mientras la tropa de aventureros descifraba cómo sacar el machete, el joven salió afuera intentando hallar a su historiador fantasma. La soledad del lugar lo hizo desistir, más, una chispa había vuelto a nacer dentro, montó a caballo y regresó al pueblo.

Aún faltaban unas horas antes del amanecer, tiempo suficiente para construir su artículo, todo estaba en su cabeza, solo teclear y ya. El día lo encontró listo para el bus, se despidió de su amigo y volvió a la ciudad. Al igual que el resto de los aspirantes, entregó su trabajo y aguardó la decisión.

Cuando la única dama participante recibió la enhorabuena, Leonardo ni se puso triste ni se sintió decepcionado, el asombro vino días después con una llamada de la redacción, su artículo había gustado tanto que sería publicado, y él, un mes a prueba, solo necesitaba más recopilación de datos y algunas fotografías.

De regreso a Tres Cruces, a la finca museo, captando en instantáneas los distintos objetos valiosos, principalmente el machete. Aún estaba en la vidriera, sonrió pensando si sería el mismo de aquella vez, o tal vez alguno de los competidores, lleno de valor, o de alcohol, había roto el cristal ganándose el viaje a Francia.

Fue entonces que la vio colgada en la pared.

__ Es la única que se conserva de la época. __, dijo un visitante.

Era una vieja fotografía, Leonardo se acercó más para definir cada detalle, de inmediato vino el asombro, un escalofrío inundó su mente porque, entre el grupo de personas posando para la foto: negros y blancos, dueños y esclavos, no había la menor duda

__ Es él...__

Y sí, chaleco y pantalón púrpura, descalzo, con un trozo de carne en la mano y esa mirada vieja inconfundible.

Salió del museo con muchas dudas y solo una certeza, la de regresar para iniciar la que sería su primera investigación periodística, no la del herrero asesino, sino la del historiador fantasma. La meta estaba trazada y.…, ¿por dónde empezar… ?, quizás así:

«Oggún, el guerrero dueño de los hierros y los metales, me viene a contar… «

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